El Perú de hoy, ese que amanece bajo la sombra de una séptima moción de censura contra el presidente interino José Jerí, parece ser un país dividido en dos realidades irreconciliables. Mientras en los pasillos del Congreso se barajan nombres, cuotas de poder y estrategias de supervivencia electoral para las próximas ocho semanas, en las calles de Lima, Cajamarca, Jaén y cada ciudad del país, la vida se abre paso con una terquedad que conmueve y, a la vez, alarma.
El ascenso y la inminente caída de José Jerí no son eventos aislados; son el síntoma de una metástasis institucional que hemos normalizado. La desaprobación del mandatario, que ha escalado al 61% en solo un mes, refleja el hartazgo ante una gestión que cambió la “mano dura” prometida por cenas no declaradas con empresarios extranjeros y una inacción pasmosa frente al crimen organizado.
Sin embargo, lo que realmente define esta crisis no es la ambición de las bancadas o el “Chifagate” presidencial. Es el hecho de que, para el peruano de a pie, la caída de un presidente ya no es un terremoto, sino un trámite administrativo más. Hemos pasado de la indignación a la anestesia política.
A pesar de este panorama, el peruano ha desarrollado una capacidad de resiliencia extraordinaria, aunque peligrosa. El país sigue funcionando no gracias a sus líderes, sino a pesar de ellos.
El comerciante del Centro de Lima que abre su puesto entre vallas policiales.
El agricultor que defiende su agua frente a la mafia y la desidia.
El elector que, aunque el 42% aún no sabe por quién votar para abril, sigue apostando por la democracia.
Esta necesidad de “continuar con la vida” es nuestra mayor fortaleza, pero también nuestra mayor debilidad. Al enfocarnos exclusivamente en sobrevivir al día a día —porque el hambre y la inseguridad no esperan a que el Congreso alcance el quórum—, hemos permitido que la clase política se convierta en una casta que se reproduce a sí misma en un bucle infinito de censuras y vacancias.
La censura que se debate hoy no es el final de nada, es simplemente el inicio de otro capítulo de la misma serie agotadora. El verdadero desafío no es elegir al sucesor de Jerí entre Rospigliosi o algún candidato de consenso, es evitar que estos partidos políticos pierdan su cuota de poder.
El Perú necesita que esa energía de supervivencia que vemos en cada emprendedor y en cada peruano se traduzca en una vigilancia ciudadana que ya no solo pida “que se vayan todos”, sino que exija que los que vengan tengan, al menos, las manos limpias y la mirada puesta en los reales problemas que tiene el país. La vida continuará mañana, con o sin Jerí, pero de nosotros depende que no sea solo una vida de supervivencia, sino de dignidad.
El Perú de las dos velocidades: Entre el naufragio político y la resiliencia ciudadana

Escribe: Mg. José Luis Gonzales Maiqui.








