Consejo Departamental Cajamarca

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El bautizo de bollos: una tradición que debemos preservar

Escribe: Hugo REYNA GOICOCHEA
El aparente retorno a la normalidad, es decir, el levantamiento de las medidas restrictivas sanitarias en el país, frente a la pandemia por Covid 19, viene paulatinamente permitiendo el desarrollo de actividades o fiestas costumbristas de carácter presencial, aunque existe, según los expertos en salud pública, la posibilidad de una 5ta, ola en nuestro país para mediados de diciembre. No obstante, esta aparente tregua, de una disminución de casos de contagio y muertes de manera significativa, como que viene ya permitiendo, en grandes sectores poblacionales, retomar el desarrollo de eventos, actividades y reuniones sociales, a la usanza tradicional, especialmente de nuestros pueblos andinos. Una de estas festividades, de especial arraigo en nuestra población se refiere al bautizo de bollos en este mes de noviembre.

Los Bollos, Guaguas O Wawas

 Asociada a la celebración de “Todos los Santos” y al “Día de los difuntos”, en nuestra sociedad, la costumbre y tradición  mostraba que, en una gran mayoría de hogares, se tenía que preparar el “pan casero”. Claro está que, en muchas viviendas, la disposición de un horno artesanal, era de obligado hacer; caso contrario a prepararlos en la casa de algún familiar o de entusiastas y solidarios vecinos.

El hecho es que entre amasijo y revuelta de la masa de harina con levadura, surgía la creatividad de los miembros de familia, especialmente de niños y adolescentes, dando forma a singulares muñecos y muñecas a los que posteriormente se los completaba con aditamentos especiales para hacerlos parecer infantes: niños y niñas. Los amasijos también daban forma a caprichosos diseños de pan: cortados, bizcochos, rosquitas y molletes (pan dulce) y también otros con la forma de carneritos, ovejas y chanchitos; en un marco de especial integración familiar y vecinal.

Estos singulares panes caseros, diseñados, como lo hemos puntualizado, a manera de bebés, son expresión de una costumbre ancestral que se celebra, en esta época del año, en los pueblos andinos de Ecuador, Perú, Bolivia y norte de Argentina. En Cajamarca, hoy convertida en una ciudad cosmopolita, como que esta costumbre ha estado cuesta abajo; sin embargo, hay familias, vecinos y grupos de amigos que se ha animado nuevamente a valorarla. Los bollos en nuestro caso, se los hace de harina de trigo y también a base de azúcar blanca, tratando de darle forma de figuras humanas, aunque un tanto grotescas  pintorescas; así como también  la elaboración de carneritos y otros animalitos, adornados con cintas de agua multicolores.

El tradicional bautizo de los bollos

En Cajamarca, este peculiar pan, al igual como en otros lugares, se conoce con el nombre de “bollo”, y ha dado lugar a una singular festividad que se denomina el “Bautizo de bollos. Para ello, en determinadas casas, se prepara, con antelación, la ceremonia del bautizo, a la usanza de la religión católica; escogiéndose a los padres, los padrinos e invitados. Esta práctica, también involucra a grupos de amigos de instituciones y organizaciones sociales, que hacen de esta festividad, un momento oportuno de recreación e interrelación amical, compañerismo, fraternidad y familiaridad.

Los organizadores del bautizo, elegirán como padres, generalmente a potenciales jóvenes enamorados o adultos aún no comprometidos, que disiparán su timidez,  en dicha ocasión para lanzar los dardos de amor a sus futuros cónyuges. Será momento propicio para eludir temores de la declaración amorosa, la cual, luego del bautizo, prácticamente será ya de tácita aceptación.

Los padrinos, en dicho contexto, también serán jóvenes enamorados, novios de idilios, conocidos, amigos o familiares, quienes animarán la fiesta. No faltará, dentro del grupo un joven o una joven “palomilla” -de especial humor y picardía- quién con atuendos propios para el caso, oficiará de “Señor cura”, para efectuar el bautizo, asignando el nombre y apellidos del bautizado, dentro de los estrictos cánones que establecen las prácticas religiosas.

El capillo de los padrinos

 La costumbre implica la colocación en la solapa de las blusas, camisas, sacos u otras prendas de vestir para la ocasión, de una pequeña tarjetita en la que se perennizarán el nombre de los padres, del bautizado o bautizada, así como de los padrinos y, lógicamente, la fecha de tan especial acontecimiento.

La costumbre determina que los padrinos deben ser dadivosos, muy condescendientes con  “El capillo” – monedas menudas o sencillo- que serán arrojadas al aire, para que los niños gocen, ganándolas, una a una, en alegre competencia. Mientras más, mucho mejor; caso contrario les corearán al unísono: “Padrinito, pata e’ candao, no tiene plata pa’ su ahijao…”

 Demás está decir, que concluida la ceremonia, vendrán las efusivas felicitaciones y deseos de masiva fecundidad y descendencia para los padres del bollo, así como para los “nuevos compadres”, entre bromas y chacotas; y luego, por supuesto, la algarabía de la fiesta, para muchos, en recuerdo de quienes nos han adelantado, al descanso eterno, de esta agitada vida.

La disposición final de los bollos

En algunas oportunidades, cumplido el acto de bautizo, el bollo, será sacrificado, con la complicidad y anuencia de padres y padrinos, quienes, entre broma y broma, darán paso a sutiles prácticas de descuartizamiento de los inertes, pero deliciosos bollos, repartiendo pedacitos del mismo entre todos los asistentes; caso contrario, a pedido de los padres, serán conservados en su integridad.

Lo cierto en que, en base a estas costumbres y festividades, propias de nuestra cultura, muchas familias se constituyeron, en la armonía de relaciones sociales, en una sociedad en la que imperaba el respeto mutuo, fuertes lazos amicales y de especial fraternidad vecinal.

Su continuidad, dependerá de cada uno de nosotros, frente al latente peligro, de una cada vez, más fuerte influencia de prácticas y costumbres totalmente ajenas a nuestra identidad cultural, especialmente de aquellas importadas y conmemoradas el último día de octubre, días antes de la festividad de Todos los Santos y los Difuntos.

Movilicémonos; caso contrario, correremos el riesgo de convertirnos en “calabacitas y calabazones”.

 

  • Hugo REYNA GOICOCHEA
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