Cuando hacemos alusión al tránsito peatonal y vehicular, preferentemente en espacios exteriores nos referimos, entonces, a la denominada señalización.
Al respecto, durante algún tiempo, me ha inquietado comprobar que, como parte de la supuesta convivencia social, las normas de conducta o simplemente, la observancia de determinadas reglas o disposiciones, en este caso de señalética y señalización, que emanan de la autoridad formal, simplemente se eluden, no se cumplen, y muy por el contrario, se infringen, sin mayores consecuencias o sanciones; considerándose tal situación como algo normal, natural o parte de la “criollada nacional” o “ser achorado”.
La vida en sociedad
Una concepción simple de la sociedad, es:“…conjunto de personas que se relacionan entre sí, de acuerdo a unas determinadas reglas de organización jurídicas y consuetudinarias, y que comparten una misma cultura o civilización en un espacio o un tiempo determinados”.
Es además importante considerar en este contexto que, la Organización Jurídica de un Estado, tiene su sustento en la identificación, garantía y protección de determinados valores, considerados sustento fundamental de sus ordenamientos internos.
Se reconocen, a través de sus respectivas constituciones y ordenamiento jurídico, esto es, su normatividad legal correspondiente; los deberes y derechos, estructuras económicas, sociales y culturales, los niveles de gobierno, las instituciones, los servicios públicos y otros aspectos más, a fin de garantizar la convivencia pacífica de los integrantes de la nación.
Al respecto, el sistema legal del Estado tiene como propósito prescribir imperativamente a su población el respeto y observancia del orden establecido; caso contrario, existen las sanciones para quienes infrinjan o violen los preceptos, que contemplan, hasta la privación de la libertad, y en casos extremos la muerte.
La moral, las buenas costumbres y la idiosincrasia
Las sociedades, entonces rigen su existencia basadas en un ordenamiento o cuerpo jurídico, de cumplimiento obligatorio, sin privilegios o discriminación alguna, cuyas leyes rigen la convivencia humana, basada en principios morales, de acuerdo a sus tradiciones, costumbres, creencias y cosmovisión propias, con características y peculiaridades socio-culturales, que la diferencian por su idiosincrasia y especial modus vivendi.
No obstante, pueden tornarse situaciones en las que se viola, infringe o eluden la leyes y preceptos consuetudinarios, de manera premeditada o simplemente por circunstancias no previstas, por súbitas e inesperadas circunstancias; que no exceptúan, sino mitigan las faltas y califican las sanciones. De igual manera el desconocimiento de la ley, no excusa su cumplimiento.
Los carteles y anuncios prohibitivos
En el contexto de una informalidad galopante, en nuestro país y Cajamarca, lo prohibido, pareciera incentivar o retar a quebrantar las disposiciones restrictivas. Los hechos nos demuestran que lo “prohibido” o “el no debe hacer” se burlan olímpicamente y mas bien se interpreta como permitido. Si no vemos solo algunos ejemplos:
Campaña “Tolerancia Cero”, en el transporte vehicular, altamente promocionado a través de los medios de comunicación social nacional, regional y local; simplemente no surte efecto, las cifras anuales de muertes por accidentes de tránsito superan las 3 mil víctimas mortales, miles de heridos con secuelas de minusvalía permanentes, por acciones temerarias, exceso de velocidad, sobrecargas, manejar en estado de ebriedad y otros: acciones evidentemente prohibidas.
“No arrojar basura, bajo pena de multa”, un irónico letrero que pareciera atraer la acumulación de basura, a lo largo y ancho de las ciudades, tal como podemos observar en nuestra maltratada, sucia y mal oliente ciudad de Cajamarca, vejada por energúmenos vecinos.
“Prohibido estacionarse”, y los vehículos automotores parqueados masivamente como si esto fuese lo más natural del mundo, aún de las propias entidades gubernamentales y organismos tutelares.
“Prohibido voltear en U”, y los conductores simple y llanamente hacen caso omiso, de tal restricción.
“Prohibido orinar, bajo pena de multa”, y los iracundos transeúntes, vacían sus henchidas vejigas en la vía pública y a plena luz del día, total como irónicamente se dice: “agua que no has de beber, déjala correr”.
Y así podríamos enumerar una lista interminable de prohibiciones o restricciones que sencillamente no se cumplen o se infringen olímpicamente, quedando en una situación de libertinaje absoluto.
Lo anormal convertido en lo normal
La filósofa feminista y escritora francesa Simone de Beauvoir, entre otras frases célebres dejó esta: “Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra“; la misma que, en las circunstancias actuales, cobra especial vigencia.
Y es que en nuestra país, en nuestra sociedad, vivimos una suerte de cultura galopante de la informalidad, con un suerte de permanente incumplimiento de las normas de convivencia social, tratando de sacar provecho personal en la mayor cantidad de oportunidades que se nos presenten. En nuestro país y sociedad en la que vivimos, quien cumple las disposiciones es un “grandísimo tonto”.
Nos movemos en un mar agitado por la inobservancia de las leyes, los valores y las buenas costumbres; esto es, en una suerte de torbellino de “viveza criolla”, de “aprovechados” y “avispados y achorados” individuos. Estamos acostumbrados a quebrantar el orden, en todas las esferas de la vida social, económica, política y cultural, por el hecho de experimentarse una fuerte impunidad, en tanto la desidia e incapacidad de las autoridades y funcionarios que simplemente se hacen de la vista gorda para evitarse problemas.
¡Prohibido leer este informe!. ¡Seguro que sí lo harán!.
- Hugo REYNA GOICOCHEA





