Con especial sorpresa, la misma que me deja pasmado, puedo leer en un comunicado que circula por las redes sociales, emitida por Comunicaciones Beneficencia Cajamarca, que la Sociedad de Beneficencia habilita espacios para sepultar a fallecidos COVID y no COVID en Cementerio de Cajamarca. Claro lo increíble está, como lo refieren textualmente, que: “Ante invocación del alcalde Andrés Villar a los representantes del Directorio de la SBC por parte de la MPC”, se haya logrado nuevamente el uso del cementerio, pese a las “limitaciones” que adolece. Situación ante la cual, sigo citando textualmente: “El presidente del Directorio de la Beneficencia de Cajamarca, César Chalán Murrugarra, informó que a partir del miércoles 19 de agosto el Campo Santo abrirá sus puertas para sepultar a los fallecidos por covid y no covid”. Cabe indicar que el citado presidente es uno de los miembros que designa el gobierno local provincial y por tanto se debe a sus directrices. (D.Leg. 1411- D.U N° 009-2020)
Ante tan anecdótica e inusual “invocación” del señor alcalde provincial, a decir de la nota informativa o comunicación, y a fin de cerciorarme del cabal significado del vocablo aludido, de manera inmediata, me remito al Dr. Google, para que a través de la página web de la Real Academia Española, pueda tener una comprensión cabal del asunto; verificando lo siguiente:
invocar
Del lat. invocāre.
- tr. Llamar en solicitud de ayuda de manera formal o ritual.
- tr. Acogerse a una ley, costumbre o razón.
Para una mayor precisión, indago complementariamente que: “Puede decirse que la invocación se concreta a través de un conjuro, un hechizo, una súplica, un mandato o una oración. Mediante este recurso, la persona solicita ayuda, un favor o protección”. Situación que estoy completamente seguro, que en la mente de nuestro burgomaestre, no haya pasado ni por casualidad, en tanto su condición de imperio de representante de la municipalidad y máxima autoridad elegida y administrativa de la misma; además que por función tiene como atribución la de: “1. Defender y cautelar los derechos e intereses de la municipalidad y los vecinos”; tal como prescribe la Ley Orgánica de Municipalidades, Ley N° 27972, y mas aún si sus representantes ante el directorio de la SBC, representan los intereses del municipio. Valdría la pena al respecto que, el órgano de comunicaciones de la MPC, efectuara un deslinde del desliz de su similar de la SBP; ya que, según opinión particular, no es papel de la máxima autoridad local, implorar a una institución que si bien no tiene dependencia jerárquico administrativa con la municipalidad; si es parte del municipio y por ende su función debe responder al criterio social y no lucrativo, como las muestras de sus servicios exclusivos, se evidencian en la actualidad.
El cementerio de los pobres
La actual situación de crisis sanitaria, que ha sobreexcedido, aparentemente la capacidad de poder atender la inhumación de personas fallecidas por la covid19 en el único cementerio en la ciudad, por el significativo crecimiento del número de casos en las últimas semanas, así como la carencia de nichos en los macizos existentes ante la falta de previsión de su ampliación, originó las airadas protestas de la población, por la presión social y reclamos sumamente justificados de los deudos de las víctimas, todo ello es lo que ha exigido que se haya adoptado tal medida de emergencia de sepulturas en tierra, en tanto se dispongan de nuevos pabellones o macizos de nichos.
Esta cruda realidad, trae a mi memoria, vivencias de mi niñez, allá por los años sesenta, cuando escuchaba a los mayores referirse al cementerio de los pobres, el mismo que comprendía una gran área de terreno adyacente a los pabellones o macizos tradicionales de nuestro cementerio. Se decía que se contaban con dos áreas completamente diferenciadas: una de mausoleos -para la gente pudiente- conjuntamente con nichos para los citadinos -sectores medios y pobres- y las pampas del cementerio para los pobres, el mismo que era prácticamente de exclusividad de la gente campesina, donde se enterraban a sus difuntos a “suelo limpio”, en un sinuoso terreno, que por mucho tiempo estuvo prácticamente cercado por pencas y al aire libre. En este sector se cavaban tumbas rudimentarias, con pequeñas capillitas o cercos de piedras, con sus cruces de madera, muchas de ellas puestas sin pintar, con los nombres de los deudos, con sus coronas de alambre, ataviadas con rosas de colores combinados de papel blanco, negro y morado; sepulturas que por mucho tiempo quedaban en abandono. Sus arreglos y mantenimiento, limpiar su superficie de hierbas malas, se daban en la fiesta de Todos los Santos y los Difuntos, en los primeros días de noviembre, cuando los deudos regresaban a realizar sus responsos o rezos y llevar las ofrendas de comida para recordar a sus difuntos.
Destacaba, por varias décadas una tumba, en la que se había construido ciertas estructuras de cemento superficiales y colocación de una cruz, donde se sepultaron los restos de una persona fusilada en setiembre de 1970, llamado Udilberto Vásquez Bautista, por crimen de violación y muerte de una menor; pero que mucha gente, especialmente de extracción humilde, lo consideran inocente y un santo, por los favores recibidos por su intersección y con cuyas ofrendas en dinero, una organización, le ha construido un mausoleo que sobresale actualmente y es punto de referencia en este sector del cementerio.
Lo real es que desde décadas pasadas, en nuestra sociedad, también se han manifestado expresiones de segregación y diferenciación social, entre sectores pudientes que accedían a los mausoleos, los sectores medios y bajos a los nichos generales, en función a la ubicación de filas en los cementerios y, finalmente los desposeídos, gente campesina, en el cementerio de los pobres, que, como he indicado, eran entierros en plena pampa, que después de muchos años, uno de los directorios de la SBC, siempre con criterios lucrativos, enajenó los terrenos perimétricos, para que los vecinos al construir sus viviendas, lo dotaran del faltante cerco. Toda una tradición de rentabilidad que pareciera permanece incólume en tal institución “benéfica”.
La sesuda decisión del directorio
Siempre sin salir de mi asombro, y citando al comunicado de marras, que indica que se ha tratado de buscar solución -cuántas neuronas se habrán quemado- a la falta de un lugar para dar cristiana sepultura a fallecidos por diversas circunstancias, principalmente la pandemia del Coronavirus, se resalta que la Beneficencia de Cajamarca viene adecuando el espacio donde se realizarán las respectivas inhumaciones. Acción que debió hacerla en su debida oportunidad y no esperar el descontento y airadas protestas de la población, especialmente de las familias afectadas, sin saber dónde se iban a sepultar sus seres queridos. Una total falta de sensibilidad social, muy condenable, por cierto.
Eufemísticamente, y sueltos de huesos, deslizan la información que dichos terrenos serán entregados (alquilados) a los familiares de los fallecidos en sesión de uso por 14 meses, tiempo en que después los restos mortales, deberán ser trasladados a los futuros nichos en construcción; pero con la condición que tal exhumación y reubicación se pueda realizar después de transcurridos un año y un día, y teniendo como plazo final, los dos meses adicionales, previo pago de los derechos establecidos, bajo intimidación, de no ser cumplidos, los restos mortales “pasaran a donde mejor sea conveniente”, es decir, a fosa común, donde perdurará el anonimato. Para tan atinada decisión y fiel cumplimiento, se ha prescrito la clasificación de fallecidos covid y no covid, con precios diferenciados, supina diferenciación, que no obedece a una estructura de costos definida con la seriedad del caso, que ha originado, que por nuevo acuerdo también muy sesudo de directorio, se retracten del precio de los “alquileres” del terreno para las fosas a menos de la mitad de lo establecido inicialmente; lo cual refleja falta de seriedad y ausencia de manejo técnico para definir una real estructura de costos de lo que podríamos recalcar como merced conductiva finita.
Así como van las cosas, no sería nada raro, que a tan iluminados directores, se les ocurriera y decidieran solicitar al Ministerio de Cultura, la donación de las Ventanillas de Otuzco y Combayo, próximos a nuestra urbe, para convertirlos en osarios de los restos no reclamados. Dios nos libre de semejante despropósito.
De lo que se trata, a simple vista, es salir del paso, ante la presión y las exigencias populares, manifestadas a través de los medios de comunicación social, ante la crisis sanitaria que estamos viviendo y la exigencia de una sepultura digna acorde a la naturaleza de seres humanos, que por la desidia de las administraciones anteriores y la actual, en esta institución que se supone tiene finalidades sociales y no es una empresa privada, como pretenden justificar sus directivos, los cajamarquinos estemos pasando por tan tristes situaciones de no tener un descanso final para nuestros familiares víctimas de esta letal pandemia.
En necesario aprender la lección y que de una vez por todas en Cajamarca contemos con un cementero o campo santo, acorde a los requerimientos de una capital departamental, cuya población bordea los trecientos mil habitantes; debiéndose tener en el manejo de su gestión a profesionales capaces que puedan delinear planes y acciones estratégicas para el futuro; como también, en definitiva se cuente con un crematorio, como lo hay en otras ciudades del país. Basta ya de las acciones bomberiles y reactivas, nuestro muertos merecen un entierro adecuado a nuestra dignidad de seres humanos, teniendo preminencia, a los fines mercantilistas y de generación de excedentes que no se sabe en qué se invierten. No esperemos irrisoriamente la “invocación” de la autoridad edil, para que cumplan con su finalidad de servicio social, que es la naturaleza de su existencia.
- Hugo REYNA GOICOCHEA







