Las nuevas generaciones deben conocer esta historia (Mártires de Uchuraccay), pero también la realidad actual.
Lamentablemente, el panorama actual dista mucho de esa mística. Hemos pasado del periodista que arriesga la piel por informar, al “comerciante de la información” que subasta su línea editorial al mejor postor.
Ya no se busca fiscalizar al poder, sino alinearse con él para asegurar pautas publicitarias o beneficios personales.
La corrupción en el periodismo moderno no siempre es un sobre bajo la mesa; a veces es la omisión deliberada, el sesgo sistemático y la protección de intereses particulares bajo el disfraz de “opinión”.
Lo más alarmante es el papel de los colegios profesionales y asociaciones periodísticas. En un afán de “falsa fraternidad”, han optado por el silencio.
“No chocar con el colega” se ha convertido en el código de ética no escrito.
Al callar ante la mala praxis, estos organismos se vuelven cómplices del daño social.
Cuando un gremio no denuncia la falta de integridad de sus miembros por miedo al conflicto corporativo, abandona su razón de ser: garantizar a la sociedad el derecho a una información veraz.
El periodismo no es un negocio de relaciones públicas; es un servicio público. La deontología nos enseña que nuestra primera lealtad es con el ciudadano, no con el anunciante ni con el compañero de gremio que ha perdido el rumbo.
Si no somos capaces de criticar nuestras propias filas y elevar el estándar ético, las cruces de Uchuraccay se convertirán en el recordatorio de una dignidad que dejamos morir en el altar de la conveniencia.
Es hora de decidir: ¿Somos los herederos de una búsqueda incansable por la verdad o simples gestores de intereses ajenos?




