Consejo Departamental Cajamarca

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"Todo por Cajamarca, Nada Contra Cajamarca"

CAMINANTES: ENTRE LA AGONÍA Y LA FIESTA

Escribe: Ricardo Cabanillas Aguilar
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Andina

Agradecemos al docente universitario y comunicador social
Ricardo Cabanillas Aguilar, por compartir tan importante artículo.

“Caminantes” proviene del antiguo participio activo de caminar del sufijo «nte» que indica que hace la acción (las etimologías nos asaltan por sorpresa a veces).  Todos en acción, al norte o al sur: Piura, Lambayeque, Cajamarca, Tacna, Ucayali, Moquegua, Iquitos, no importa. Son -porque son- más de 300,00 (mañana serán más, no os sorprendáis) huyendo de la “peste”, con el delirio de la incertidumbre, la música del suicidio, la miseria en la mochila y el ansia de tornar a casa, a “morir en casa”. “El hambre nos va a matar antes que el virus”. (No os asustéis). Los formatos mediáticos con el rigor propio de su habitual crueldad, nos muestran el icónico y angustioso éxodo de los excluidos.

Caminantes, trabajadores informales, sin derechos laborales, sin bonos de ayuda,  recogidos en rebaños, entre la agonía y la fiesta, cercados por nerviosos policías. Con precarias e improvisadas mascarillas, bolsas de plástico, cartones, carteles de auxilio, durmiendo en las veredas a su suerte. Por un extraño maleficio (“potenciales portadores de la pandemia”)  no serán bienvenidos en sus regiones. Los cercos de “protección” se han tendido en cada región, en cada provincia y en cada aldea. Caminantes, solo sienten la rabia de la discriminación y la impotencia.

“Confinar” proviene del latín medieval confinare (encerrar dentro de unos límites). Los confinados, enclaustrados en nuestros habitáculos, también somos caminantes. Con el insomnio, la paranoia y el estrés en nuestra prisión domiciliaria.  ¿Somos conscientes de que los hechos objetivos modifican los qualía en nuestro cerebro, a cuyo efecto aparecen diversas metalecturas fenomenológicas de la realidad?  En el confinamiento cada quien es carcelero de su propio estilo de ver el mundo. Cada quien, entre la agonía y la fiesta, se refugia en sus rezos, en sus dioses o en su agnosticismo haciendo las paces con sus ángeles y demonios. Los confinados también somos caminantes en la posmodernidad anunciada por Lyotard y en la sociedad líquida de Bauman.  Es la camaleónica habilidad del modelo económico neoliberal para mudar de piel, sin importar el fenotipo y genotipo de sus actores. Todo se diluye, pero sobrevive el más fuerte por selección natural darwiniana. La desintegración de la trama social se evidencia en la crisis de liderazgo social, institucional, gubernamental (gobierno, congreso, poder judicial, etc.)  La cultura también se diluye para transformarse en  una cultura distinta: las leyes, las prácticas políticas, sociales, económicas, las ideas, las creencias y los sentimientos, incluido el amor.  El apocalíptico poder mediático junto con la precariedad de la educación, se convierten en alfombras serviles del “establishment” para movilizar rebaños, siguiendo la tradición histórica, hacia el país de los durmientes.

Caminantes y confinados en el escenario del nuevo orden de cosas, “con la igualación de todos los miembros dentro de la masa”, diría Javier Gomá. Al final todos los closets del mundo quedarán vacíos porque en el nuevo establishment la ideología de género será suscrita en todas las organizaciones como principio universal igualitario.  Vivimos en una sociedad desdeóntica; no se percibe la diferencia entre lo moral de lo inmoral; solo impera la ambigüedad liquida, lo andrógino,  lo indeterminado e inestable. “no me pregunten quien soy ni me pidan que permanezca invariable” (Foucault). Es decir, una estética veleidosa y heteróclita del lenguaje y los códigos discursivos manipuladores y autodestructivos.

La “peste” toca la puerta corroborando el cambio de paradigma cultural y tecnocientífico. La posmodernidad abonada por el nihilismo de Nietzsche, el existencialismo de Heidegger y auspiciada por la economía neoliberal globalizada, ha procreado al homo videns/homo virtualis. Este “homo” planifica su proyecto de vida no solo en las redes sociales sino en los medios virtuales. Su adicción al poder requiere el dominio de los medios digitales y sus herramientas. Es el signo de la nueva esclavitud y el consumismo. Pues, no existir en las redes sociales es no existir en la realidad. ¿Y el pensamiento crítico? ¿Y la educación humanista, deóntica y deconstructiva?

Esta malignización del “control del poder” se evidencia en el panóptico de Foucault. Muy oportuna metáfora. Nos han movido de lo exterior (lo exógeno) y nos han “invitado” al confinamiento (lo endógeno) durante días, meses o años.  Lo exógeno es lo superfluo y anodino de protagonizar nuestros rituales con sospechosas soberbias, hipocresías, ficciones, logros reduccionistas de competencias y empoderamientos paupérrimos para hacer las cosas, desconectados de la naturaleza y del contexto. Lo endógeno es la reclusión propia para la autoobservación, la autocontemplación – ¡qué difícil misión! – para “autoflagelar” nuestra conciencia dormida y despertar nuestra sensibilidad y salir de la caverna con otros bríos más humanos, sistémicos e integradores. No obstante, cuando retornemos al mundo externo ya no será igual. Nuestra piel será más metálica y hologramática. Aprenderemos el alfabeto de la nueva convivencia, distanciados, con mascarillas y guantes. Codificados, protocolizados, distanciados físicamente, pero conectados por la hedonística virtualización y vigilados por la espada del Covid-19.

Mientras tanto, entre la agonía y la fiesta, la resistencia de los caminantes continua en las calles y carreteras. No se doblegan ni a la sed ni a la fatiga ni al dolor. Caminantes, nunca apaguen su lumbre interior.  Que la noche aun es larga. Apretad el paso. Que sus huellas, algún día, se leerán en la carretera invernal…

  • Ricardo Cabanillas Aguilar
  • Andina
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