Mientras los reflectores se centran en el color y la “juerga” del carnaval, las calles de nuestra ciudad cuentan una historia mucho más oscura y peligrosa. La gestión del alcalde Joaquín Ramírez parece haber olvidado que su primera obligación no es el entretenimiento, sino garantizar la salubridad de la población.
Cajamarca no solo está lidiando con basura acumulada; está enfrentando un riesgo epidemiológico latente. La combinación de residuos sólidos expuestos y el colapso de buzones de desagüe crea un escenario crítico:
Focos Infecciosos: La descomposición de materia orgánica genera lixiviados que contaminan el suelo y atraen vectores (moscas, roedores y cucarachas) transmisores de enfermedades gastrointestinales y dermatológicas.
Contaminación del Aire: La pestilencia constante no es solo una molestia olfativa; es la evidencia de gases y partículas en suspensión que afectan las vías respiratorias de niños y adultos mayores.
Residuos Fecales: El colapso de los buzones expone a la población a patógenos altamente peligrosos, convirtiendo las calles en zonas de transmisión de hepatitis y otras infecciones graves.
Una gestión de “discursos al aire”
Es inaceptable que una gestión municipal no sea capaz de resolver el ABC de la administración pública: el recojo de basura y el mantenimiento de redes de alcantarillado. Un gobierno local que no puede cumplir con los servicios básicos, difícilmente podrá proyectar el desarrollo estructural que Cajamarca necesita.
La “fiesta” no puede ser la cortina de humo que oculte la ineficiencia. Los ciudadanos merecen una ciudad limpia y segura los 365 días del año, no solo una fachada para el turista mientras el vecino convive con la inmundicia.
“La salud de un pueblo se mide por la eficiencia de sus servicios básicos, no por la magnitud de sus celebraciones.”




