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LA “RULETA RUSA” ELECTORAL DE CAJAMARCA: EL PELIGRO Y EL ENCANTO DE LOS ROSTROS INCÓGNITOS

José Luis Gonzales Maiqui
Escribe: José Luis Gonzales Maiqui
La inscripción formal de listas ante el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) ha dejado una postal inquietante para el futuro político de Cajamarca. Mientras los focos mediáticos y las encuestas iniciales se concentran en figuras de alto perfil y recorridos sinuosos como Joaquín Ramírez (Cajamarca Renace) o excongresistas conocidas como Felicita Tocto y Silvia Monteza, la periferia de la cédula regional ha sido inundada por cinco candidaturas que constituyen un absoluto enigma.

Fernando Angulo Abanto (Primero la Gente), Ronaldo Gilmer Briones Álvarez (Visión Perú), Norbil Rafael Heredia (Todos con el Pueblo), Segundo Vásquez Soto (Fuerza Ciudadana) y Yuri Neyra Guevara (Venceremos) han irrumpido en la escena formal.

 

No registran antecedentes visibles en la vida pública regional, carecen de redes sociales activas y los periodistas locales más experimentados admiten, bajo estricto off the record, no saber quiénes son ni qué intereses representan.

Este fenómeno no es casual. Responde directamente a la idiosincrasia de un departamento históricamente esquivo con sus élites políticas, marcado por profundas fracturas territoriales y una desconfianza crónica hacia la gestión de su ingente presupuesto público. Sin embargo, lanzar los dados con una “hoja en blanco” arrastra dinámicas contrapuestas que urgen ser analizadas.

 

En Cajamarca, la política tradicional está profundamente asociada al desgaste, la conflictividad y las promesas rotas en torno a la minería, la agricultura y el cierre de brechas sociales. Frente a ese escenario, la irrupción de candidatos “incógnita” activa una ventaja psicológica inmediata: la ausencia de “mochila política”. Al no haber gestionado nunca un sol del erario público, estos aspirantes se presentan blindados contra las denuncias por corrupción o ineficiencia que asfixian a sus contendores más experimentados.

Para el electorado de las provincias más alejadas de la capital regional (como San Ignacio, Chota o Cutervo), un candidato que no tiene una presencia hiperprofesionalizada o campañas millonarias puede ser decodificado falsamente como un sinónimo de autenticidad. El “no conocerlo” muta en una virtud: se le asume como un ciudadano de a pie, un igual alejado de las cúpulas de poder limeñas o de los grandes financistas locales. Son, por definición, los perfectos receptáculos para el voto de protesta o de castigo.

Sin embargo, el análisis desapasionado de la realidad obliga a observar los severos riesgos sistémicos que este fenómeno oculta. El primer gran peligro es la improvisación técnica. La Región Cajamarca maneja uno de los presupuestos institucionales y de canon más complejos y codiciados del país. Administrar esta estructura requiere un conocimiento milimétrico de la gestión pública; la curva de aprendizaje de una autoridad sin antecedentes políticos puede traducirse en años de parálisis de obras, huelgas regionales y una dramática caída en la ejecución presupuestal.

El caso de Primero la Gente y su candidato Fernando Angulo, cuya lista ni siquiera logró inscribir una candidata a la vicegobernación, es el síntoma más nítido de esta precariedad orgánica. Denota partidos que operan como “franquicias” electorales urgidas por rellenar casilleros para no perder la inscripción, descuidando los filtros más elementales.

A esto se suma la asimetría informativa. En la era de la hiperconectividad, postular a la gobernación sin una huella digital mínima ni redes orgánicas condena a estos candidatos a la invisibilidad en las zonas urbanas. Depender exclusivamente del voto rural informal o del arrastre inercial del logo del partido político nacional es una estrategia de altísimo riesgo que suele terminar en el sótano de los resultados.

 

¿Cómo responderá el elector cajamarquino?

La idiosincrasia electoral de la región está habituada a la dispersión, pero el escenario actual amenaza con radicalizarla bajo tres comportamientos específicos:

La atomización extrema y la “Tiranía de las Minorías”: Las encuestas regionales de este año ya muestran una alarmante masa de indecisos y votos en blanco/viciados que roza el 40% o 50% en algunos simulacros. La proliferación de estos cinco candidatos desconocidos fragmentará aún más el voto válido. Esto abre la posibilidad real de que el próximo Gobernador Regional pase a segunda vuelta o gane la gestión con un raquítico 12% o 15% de respaldo real, naciendo con una legitimidad de origen sumamente frágil.

El voto “Lotería”: Movido por el rencor hacia la clase política que no ha sabido transformar la riqueza minera en bienestar tangible, un sector del electorado optará por el salto al vacío. El razonamiento andino del “peor no nos puede ir” o “hay que darles oportunidad a otros” empuja un voto puramente emocional que ignora los planes de gobierno.

 

El refugio en el ausentismo: Al percibir que la oferta electoral está plagada de improvisación y nombres desconocidos que ni la propia prensa local sabe validar, el ciudadano optará por el desapego, ensanchando históricamente las cifras de ausentismo y voto viciado.

Cajamarca se encamina a una elección que emula a la perfección la fragmentación vista en las elecciones generales a nivel nacional. La aparición de cinco candidatos “incógnita” no es una muestra de renovación democrática ni de florecimiento de nuevos liderazgos; es el reflejo de un sistema de partidos atomizado y debilitado que inscribe nombres al azar en busca de mantener vigencia legal. Para una región que urge urgentemente de estabilidad institucional y reactivación económica, jugar a la ruleta rusa con rostros desconocidos en la cédula de votación podría costar muy caro.

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