No es casualidad que en las reuniones escolares, talleres y actividades, la mayoría de asistentes sean mujeres. En un país donde las brechas sociales son profundas y el sistema educativo aún arrastra grandes deudas, la madre peruana sigue siendo la bisagra entre la escuela y el hogar.
Pero este rol, que muchos ven como natural, es en realidad el resultado de una sobrecarga histórica. Mientras que el discurso celebra a la madre abnegada, la realidad es que muchas de ellas están atrapadas entre jornadas laborales extensas y la exigencia de ser las responsables principales de la educación de sus hijos. Y en zonas rurales o en sectores vulnerables, esta carga se multiplica: deben lidiar con escuelas precarias, falta de acceso a recursos digitales y una burocracia que no siempre las escucha.
Sin embargo, es precisamente en estos contextos donde su influencia es más potente. Las madres que acompañan las tareas, que insisten en la asistencia diaria, que enseñan valores con el ejemplo, son las que logran, muchas veces contra todo pronóstico, que sus hijos salten barreras que parecían imposibles. Su presencia es un factor que ni la mejor política educativa puede reemplazar.
Por eso, más que seguir depositando sobre ellas toda la responsabilidad, es hora de reconocer y fortalecer ese rol con apoyo real. Como comunidad educativa, podemos dar pasos concretos: crear redes de apoyo entre madres, padres y docentes; ofrecer talleres gratuitos en horarios accesibles; garantizar espacios donde ellas puedan expresar sus necesidades y ser escuchadas. También es vital que las escuelas promuevan la corresponsabilidad, invitando a los padres a involucrarse activamente y aliviando así la carga que hoy recae casi exclusivamente sobre las madres.
El futuro educativo del Perú no se juega solo en los ministerios ni en las reformas. Se juega también en las cocinas, en las mesas donde una madre le pregunta a su hijo: “¿Ya hiciste tu tarea?”. Y es hora de que como sociedad estemos a la altura de esa simple, pero poderosa, escena cotidiana.



