Nuestra ciudad capital, por su condición de sede político- administrativa departamental, concentra las principales actividades de los sectores sociales y económicos de orden urbano; también reúne la mayor cantidad de población urbana departamental. Cifras estadísticas determinan su población en más de un millón quinientos mil habitantes, de los cuales aproximadamente un 70%, sigue siendo rural. No obstante, en la ciudad capital hemos experimentado, en las tres últimas décadas, un crecimiento poblacional desbordante, con una cifra que bordea los trecientos mil habitantes, la mayor en el departamento.
Ciudad cosmopolita
Este inusual fenómeno demográfico, tiene su explicación en las expectativas de empleo de mano de obra en las actividades mineras y empresas de servicios en torno a ellas, cuya explotación, a gran escala, se dio a inicios de los años noventa, generando el denominado “boom minero”. Si bien estas han bajado en intensidad en los últimos años, siguen aún siendo un importante mecanismo de atracción de migrantes; por lo que se viene experimentando una fuerte presión de demanda especialmente de vivienda y demás servicios sociales básicos, de por sí, altamente deficitarios.
Conocido es que la minería no es una actividad que absorba significativa mano de obra, por su especialización, mas aún, cuando sus sistemas de explotación, son con uso de tecnología intensiva. Esta paradójica situación, entre otros factores, viene definiendo que en la actualidad la población local y los migrantes del interior de provincias y otros departamentos, afronten serios problemas de convivencia que, entre otros aspectos, han traído como consecuencia, manifestaciones sociales de informalidad en la producción de bienes y servicios, así como el quebrantamiento de las más elementales normas de convivencia social, es decir, aumento de la inseguridad ciudadana.
Conductas individuales y sociales informales
Aportes de investigaciones sociológicas, antropológicas y de psicología social, fundamentalmente, nos refieren que, la interrelación social de convivencia en las aglomeraciones urbanas, cada vez más crecientes por los movimientos migratorios, van a ir generando nuevas manifestaciones de conductas sociales, con manifestaciones agresivas que van a colisionar con el estatus quo tradicional de sociedades un tanto conservadoras como lo ha sido Cajamarca.
Los centros urbanos emergentes del siglo pasado, de convivencia tranquila y paz social, dado la vorágine de la vida citadina, con altas concentraciones poblacionales y sus problemas estresantes, como falta de equipamiento urbano, saturación vehicular y congestionamiento, contaminación ambiental, comercio ambulatorio, déficit de viviendas, de áreas verdes y de recreación; así como un creciente fenómeno de inseguridad ciudadana; en términos generales, vienen delineando una “cultura de informalidad”, en todos los aspectos de las esferas de la vida social, económica y también política; percibiéndose sus expresiones ilegítimas, como prácticas normales y cotidianas.
Informalidad económica
Las actividades económicas de sobrevivencia, como el comercio ambulatorio, la producción de bienes y servicios de micro y pequeñas empresas, a la sombra de la informalidad, vienen siendo los mecanismos de sobrevivencia, en un país donde las tasas de desempleo y subempleo, son significativas -paradojicamente- frente a los crecimientos macroeconómicos, cuyos beneficios no llegan a las grandes mayorías; así como también por la recepción de un contingente significativo de mano de obra de migrantes venezolanos, en diversas ciudades de país, que compiten con los trabajadores peruanos y que han acrecentado la ola de criminalidad en el país, a la cual no estamos ajenos.
Crecimiento y caos urbano
La explosión poblacional ha definido un acelerado crecimiento urbano, de manera espontánea y sin control alguno, dada la incapacidad de funcionarios y autoridades de las últimas gestiones municipales para afrontar los procesos de cambio de uso del suelo y los problemas de corrupción administrativas, la especulación y tráfico de terrenos; así como de la masificación de construcciones clandestinas sin control alaguno.
Seguimos careciendo de una visión de desarrollo urbano planificado, porque nunca se ha tenido una proyección de crecimiento y desarrollo, que conciba una adecuada trama vial, sustentado en la disposición de un Plan de Desarrollo Urbano y Acondicionamiento Territorial, los mismos que prácticamente no existen; constituyendo un imperativo ineludible para la actual gestión municipal.
Los problemas del transporte urbano, generados por una masificación de las denominadas combis y los mototaxis o motocar, llamado “un mal necesario”, por la falta de políticas, planes y actividades alternativas, ha determinado una creciente espiral de accidentes de tránsito, congestionamiento y peligro latente, por las infracciones a las más elementales reglas del tránsito, en las estructuras urbanas de ciudades como Cajamarca, que no han sido diseñadas para soportar un incontrolable parque automotor.
Promesas y más promesas
Las promesas electorales, de siempre, en el campo del transporte urbano, no se hacen realidad en tanto prevalen los intereses de los transportistas, haciendo estériles las propuestas de reordenamiento del tránsito y del transporte público, frente a las acciones de fuerza que desarrollan las empresas; en un permanente desafío a la autoridad municipal. Demás está decir que en la Gerencia Vialidad y Transportes, en la últimas gestiones, ha tenido un rol intrascendente e ineficiente, y sus medidas siempre han sido inoficiosas y temerosas de la prepotencia empresarial; sino comprobemos la ineficaz tarea de los inspectores de tránsito municipales, cuya intromisión viene adormeciendo la labor de los efectivos policiales de tránsito; habiéndose convertido a la ciudad en una urbe, en la prevalecen los vehículos, antes de que preminencia del peatón. A más de tres meses de la nueva gestión, da la impresión que las cosas siguen igual.
Cajamarca ciudad insegura y violenta
El problema de la informalidad constituye uno de los principales factores que coadyuva al surgimiento de otras manifestaciones negativas como la violencia, prostitución, delincuencia común, crimen organizado y zozobra social, a la cual ya no es ajena nuestra, otrora tranquila, ciudad de Cajamarca y que lastimosamente las autoridades competentes para afrontarla, también con criterios informales de incumplimiento funcional, lo eluden olímpicamente.
Los sonados casos de crímenes y asesinatos en los últimos años, que no han logrado esclarecerse; no son sino ya figuras cotidianas del acontecer social, ante un restringido accionar de la Policía Nacional y del Cuerpo de Serenazgo, este último limitado en sus competencias por las propias normas legales. Este fenómeno de inseguridad hace voltear los ojos hacia el accionar de las rondas campesinas y urbanas, aunque estas últimas, con determinados excesos, criticables por cierto; pero efectivas en muchos casos.
Los gobiernos subnacionales
Estamos iniciando nuevas gestiones en el nivel de gobierno local y regional. Tengamos por lo menos la esperanza de cambios, frente a las aciagas últimas gestiones, llenas de promesas y demagogias, con altos signos e indicios de corrupción que se espera no queden en la impunidad. Al menos así lo han manifestado, tanto el actual burgomaestre de Cajamarca y el Gobernador Regional.
Al respecto es importante recordar el mensaje del Papa Francisco a los políticos y gobernantes, en su última visita al Perú: “Los peruanos no tienen derecho a dejarse robar la esperanza”.
- Hugo REYNA GOICOCHEA



