Ambas festividades forman parte del sentir de nuestros pueblos, de manera particular la última en la que recordamos a cada uno de nuestros familiares, parientes, amigos, compañeros, vecinos o simplemente conocidos, que nos han adelantado en el camino inexorable hacia la vida eterna. En esta oportunidad, los recuerdos se nos han agolpado únicamente en la memoria, a la espera de que, en un período no muy lejano, cuando se haya contralado la pandemia, podamos nuevamente acercarnos físicamente a los lugares donde reposan los restos mortales de nuestros seres queridos. Las restricciones de movilidad de la población y el distanciamiento social, han limitado, en este año, la visita a los cementerios o campo santos, a de limpiar los nichos y mausoleos, colocar flores y elevar nuestras plegarias por su descanso de las almas de quienes seguimos añorando su recuerdo en lo más profundo de nuestros corazones.
El alma colectiva de los pueblos
Las tradiciones son las vivencias acumuladas de los pueblos, su esencia, su sentir, en otras palabras, su naturaleza, su memoria colectiva, las que nos identifican y generan identidad cultural. Es obligación común preservarlas y transmitirlas a las generaciones sucesivas; so pena de enajenar o distorsionar nuestra propia y auténtica idiosincrasia social.
Para quienes hemos nacido, en las sinuosidades de los caprichosos andes, donde coexisten apacibles valles interandinos, la cultura heredada, no es otra, que aquella forjada en el directo contacto del hombre con la pachamama, fuente de vida, por el prodigio del regalo de las aguas torrenciales de ríos y quebradas, gestados por las lluvias y los macizos nevados; que nos ha generado una cosmovisión andina, con características culturales propias.
Interculturalidad y alienación
El Perú, es un país diverso, multicultural, en el cual el mestizaje predomina en el conjunto de la sociedad. Lógicamente que, en esta dinámica, la interculturalidad es latente, lo rural se ha entrometido en el ámbito urbano y éste se inmiscuye en lo rural; ahora con mayor fuerza, dada la contundencia del desarrollo de los medios de comunicación social y su influencia distorsionante.
Las costumbres, poco a poco, se trastocan, unas desaparecen, otras se transforman, muchas, no obstante, porfían en sobrevivencia, como en el caso de los pueblos serranos, muy arraigados a sus costumbres ancestrales.
En esta dinámica de vaivén social, el marketing comercial, a través de la publicidad a escala, pugna por imponer costumbres totalmente ajenas a nuestras expresiones culturales, en una vertiginosa corriente de alienación ideológica que impone la sociedad de consumo, en esta oportunidad frenadas por las limitaciones de la movilidad y distanciamiento sociales. No obstante, la virtualidad también tomó presencia en esta oportunidad a través de los avisos y mensajes publicitarios sobre la denominada fiesta de las brujas o halloween, fiesta de todos los santos o noche de brujas o de las calabazas, en la que los niños de “gringolandia” (USA) salen disfrazados a solicitar caramelos y luego participar de fiestas.
Rememorando los bollos, guaguas o wawas
Asociada a la celebración de “Todos los Santos” y al “Día de los difuntos”, en nuestra sociedad, especialmente en los pueblos de la sierra como Cajamarca, la costumbre indicaba que en una gran mayoría de hogares, se tenía que preparar el “pan casero”. Claro está que, en muchas viviendas, la disposición de un horno artesanal, era de obligado hacer; caso contrario, en la casa del vecino. El hecho es que, entre amasijo y revuelta de la masa de harina con levadura, surgía la creatividad de los miembros de familia, especialmente de niños y adolescentes, dando forma a singulares muñecos y muñecas a los que posteriormente se los completaba con aditamentos especiales para hacerlos parecer infantes: niños y niñas. Los amasijos también daban forma a caprichosos diseños de pan: cortados, bizcochos, rosquitas y molletes (pan dulce) y también otros con la forma de carneritos y toritos; en un marco de especial integración familiar y vecinal.
Estos singulares panes caseros, diseñados, como lo hemos puntualizado, a manera de bebés, son expresión de una costumbre ancestral que se celebra, en esta época del año, en los pueblos andinos de Ecuador, Perú, Bolivia y norte de Argentina. En Cajamarca, también se los hace a base de azúcar blanca: bollos, carneritos y toritos, adornados con cintas de agua multicolores.
El bautizo de los bollos
En Cajamarca, este peculiar pan, se conoce con el nombre de “bollo”, y ha dado lugar a una singular festividad que se denomina el “bautizo de bollos”. Para ello, en determinada casa, se prepara, con antelación, la ceremonia del bautizo, a la usanza de la religión católica; escogiéndose a los padres, los padrinos e invitados. Esta práctica, también involucra a grupos de amigos de instituciones y organizaciones sociales, que hacen de esta festividad, un momento oportuno de recreación social.
Los organizadores del bautizo, elegirán como padres, generalmente a potenciales jóvenes enamorados, que con dicha ocasión disiparan los temores de la declaración amorosa, la cual prácticamente será ya tácita, a enamorados o novios de idilios conocidos, quienes animarán la fiesta. No faltará, dentro del grupo un joven o una joven “palomilla”, quien, con atuendos para el caso, oficiará de “señor cura”, para efectuar el bautizo, asignando el nombre y apellidos del bautizado, dentro de los estrictos cánones que establecen las prácticas religiosas. También se contará con dadivosos padrinos, los cuales asegurarán el “capillo” –monedas menudas o sencillo- que serán arrojadas al aire, para que los niños gocen, ganándolas, una a una, en alegre competencia. Mientras más, mucho mejor, caso contrario le corearán al unísono: “Padrinito, pata de candao, no tiene plata pa’ su ahijao…”
El “sacrificio” de los bautizados
En algunas oportunidades, cumplido el acto de bautizo, el bollo, será sacrificado, con la complicidad y anuencia de padres y padrinos, quienes, entre broma y broma, darán paso a sutiles prácticas de canibalismo infanticida, repartiendo pedacitos del mismo entre todos los asistentes; caso contrario, serían conservados en su integridad, especialmente si su consistencia era de azúcar.
Lo cierto en que, en base a estas costumbres y festividades, propias de nuestra cultura, muchas familias se constituyeron, en la armonía de relaciones sociales, en una sociedad en la que imperaba el respeto mutuo, fuertes lazos amicales y de especial fraternidad vecinal. Su continuidad, depende de cada uno de nosotros, frente al latente peligro, de una cada vez, más fuerte influencia de prácticas y costumbres totalmente ajenas a nuestra identidad cultural. Revaloremos nuestras festividades y tradiciones. Sigamos avivando nuestra alma colectiva e identidad cultural de cajamarquinos y peruanos que nos singularizan como pueblos herederos de costumbres ancestrales.
A recuperar las tradiciones
Gracias a la iniciativa de Mesa Redonda Panamericana de Cajamarca, que actualmente preside Mary Sánchez Linares, esta importante organización socio-cultural, viene revalorando esta tradicional festividad costumbrista de nuestros pueblos andinos. En los próximos días, se realizará el denominado “Bautizo de Bollos”, pero a la usanza actual, de carácter virtual.
- Hugo REYNA GOICOCHEA





